Son las cuatro de la mañana y sé que no voy a volver a dormir. A veces me pasa que no puedo con la noche; no sé qué hacer con la noche. Salgo al balcón, me prendo uno y dejo que el humo se mezcle con la neblina y llegue al cielo y después más arriba; me gusta pensar en eso, en qué se convierte lo que ya no es mío, libros que presté, ropa que doné, casas en las que viví. Me pregunto si alguien se volvió a sentar en el paredón del jardín de la casa de Belgrano y Chile a mirar el rosal como hacía cuando era chica, y también me gusta pensarlo al revés, si lxs que vivieron en mi departamento también miraron insomnes las luces de la ciudad, o si las veredas que piso son las mismas que pisaron los que quise y no están.
El teléfono aturde, aún a la madrugada -o más que nunca, a la madrugada-, porque bombardea información todo el tiempo, ciudades destruidas, alguna encuesta, desmentidas a candidatos, corrida del dólar y una publicidad de prune sobre el día de la madre, todo en menos de cinco minutos.
Eduardo Galeano dijo en una entrevista que hay un mundo que quiere ser latiendo en este mundo que es y no quiero que este, que está resurgiendo, la ultraderecha en todos lados normalizada junto a una publicidad del día de la madre sea ese mundo que quiere ser,
Hace unos días que la ansiedad pre electoral y la angustia del mundo están presentes y por momentos me paralizan. A veces escribo porque tiene sentido, hoy no, no este jueves. Hoy escribo porque entre tanto horror vuelvo a elegir la escritura como pulsión de vida.

