25 de mayo entre Rivadavia y Mitre. Una baldosa distinta y la historia ahí: un recordatorio de la acción meses después del horror, de un pueblo que se levantó, de muchas voces que ardieron en los teléfonos, que se poblaron en las esquinas, de una ciudad que se movió para liberar a sus detenidos, porque ya tenía muertos. 

“Liberados por la lucha y la solidaridad de un pueblo que enfrentó la dictadura de Lanusse pronunciando su repudio ante los hechos conocidos como ‘La masacre de Trelew”, dice la placa que se encuentra en la puerta del Teatro Español en donde ocurrió el “Trelewazo”, para exigir la liberación de todos los que habían sido detenidos después de varios allanamientos ilegales y en repudio a los fusilamientos del 22 de agosto.
El 22 de agosto de 1972, en la base Almirante Zar de Trelew fusilaron a 16 personas. Ese fue el comienzo, esa noche, en ese valle patagónico de cielo abierto y viento rugiente comenzó a gestarse una noche mucho más larga, que terminaría en 1983 con la vuelta de la democracia. 

En octubre y con más detenidos, Trelew resistió, porque las revoluciones las hacen los pueblos:
“El despensero Kilito Justo, cuyo verdadero nombre nadie recuerda, que proveyó de frutas y fiambres al pueblo en vela. El entrerriano anónimo que se convirtió en jefe de abastecimientos voluntarios durante las jornadas de movilización. Los que compusieron canciones. Los que las cantaron para mantener despiertos a los manifestantes. Los que cuidaron el orden. Los que manejaron el mimeógrafo. Los que escribieron las consignas..”, enumera Tomás Eloy Martinez en «La pasión según Trelew». MIles y miles en un teatro que se convirtió en la casa del pueblo, durante días para cambiar la historia, para sembrar otro rumbo.
Trelew es casa. Hace 51 años se llenó de sangre. No olvidamos, no perdonamos y sobre todo -más que nunca- no nos reconciliamos.


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