Todos los libros están desplegados por el piso porque es su día y no puedo elegir uno, ni dos, ni todos estos. Están marcados y subrayados y cuando los vuelvo a agarrar me acuerdo del porqué de esos papelitos de colores y notas al pie. A veces me acuerdo de una frase y me paro al lado de la biblioteca con el libro en la mano y no me voy hasta que la encuentro.
Alejandra Pizarnik dice: “Hemos dicho palabras, palabras para despertar muertos, palabras para hacer un fuego, palabras donde poder sentarnos y sonreír”. Escribir para que otro lea con voracidad y encuentre algo que le quede para siempre. Dice Marguerite Duras que “escribir es no hablar, es callarse, aullar sin ruido”. Y Annie Ernaux: “Pero para qué escribir si no es para desenterrar cosas, hasta una sola, irreductible a explicaciones de toda suerte, psicológicas, sociológicas, algo que no sea el resultado de una idea preconcebida ni de una demostración, sino del relato, algo que salga de los repliegues escalonados del relato y que pueda ayudar a entender —a soportar— lo que sucede y lo que se hace”.
Tengo siempre un libro en la mochila, o en el celular o en la computadora y cuando tengo un ratito me pierdo ahí, y a veces me enojo y otras me emociono y otras -las menos- los dejo por la mitad y tardo años en volver a agarrarlos. Leo obsesivamente por temporadas y después puedo estar meses con el mismo libro, pero hubo momentos en los que no pude hacer otra cosa más que leer. En esos momentos pienso ahora mientras veo los libros en el piso, en lo mucho que nos salva la literatura y en lo mejores que salimos cuando leemos.


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