Hay algo que va a suceder: este día, el que ganamos la copa del mundo se va a inscribir en nuestras retinas para el resto de nuestras vidas.
Existe hoy una felicidad indecible que insiste, y -me atrevo a decir- va a quedarse un tiempo. 36 años después de México 1986, el mejor de los nuestros levantó la copa del mundo dejando chiquitos a todos los que lo criticaron incansablemente y nos permitió a muchos experimentar por primera vez lo que se siente ganar un mundial.   

Nacidos para sufrir, el partido fue una narrativa perfecta, con héroes y villanos y giros desencajados y del otro lado de la pantalla, nosotros, todos, con las cábalas de siempre, el pulso acelerado y el corazón ahí, haciendo fuerza para que se cumpla eso de gambetear para ahuyentar la muerte. 

Después, la calle, una fiesta. La cara de Maradona todo el tiempo, la camiseta de Messi en todos, llorar y reír, abrazarse con extraños, el viajero, la birra, la abuela lalalala, los pogos, los pibes de Malvinas en esa canción y la Marcha de San Lorenzo en una callecita perdida para coronar un día histórico. Porque eso es el futbol: la ilusión sembrada en un pueblo que se prende fuego después de sufrir en un domingo de diciembre que va a quedar registrado para siempre en las fotos, los videos, los audios pero sobre todo en esa estrella que ya le están agregando a la camiseta, gracias a un grupo de pibes a los que hace cuatro años le tiran odio por todos lados, un técnico “flojo de cv” que nos hizo felices y un capitán que tenía que renunciar pero nos regaló uno de los días más lindos del mundo.


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