¿Alguna vez vieron un partido de la selección en un edificio? ¿En un barrio lleno de gente? Un rato antes del inicio, no hay nadie por la calle: de repente no hay más bocinas, no se escuchan autos. Los almacenes bajan sus persianas y los que se quedan abiertos sacan los televisores a la vereda. La gente se apura, se mira, grita ‘vamos Argentina’ como sabiendo que estamos todos en la misma, yendo al mismo lugar.
El himno se escucha fuerte y después, sufrir. Cada cuatro años la misma épica, puteadores seriales, cabuleros como pocos, entregados al pensamiento mágico, prendiendo velas y metiendo nombres en el freezer a mansalva. Abrazar el mismo almohadón, usar la misma remera, sentarse en el mismo lugar, tomar en el mismo vaso, este mes fue un loop de cábalas que no tienen sentido, pero si.
En mi edificio se hace silencio y después, un gol. Y no importa abrir la puerta del balcón aunque esté prendido el aire acondicionado en este diciembre acalorado, porque el fútbol es siempre con otros. En uno de los pisos de arriba empiezan a cantar una canción y todos seguimos y nos emocionamos y saltamos y gritamos tanto que se mueve el piso, porque así somos y esto nos pasa.
Argentina y la pasión. Se han escrito notas sobre esto pero no hay mucha explicación: el humor social depende de 11 tipos que corren detrás de una pelota que es el sueño de todos. Cuando le ganamos a Australia salí a la calle y la gente lloraba y se reía al mismo tiempo, y yo pensaba qué raros somos, sin saber que yo también reía. Son las 00:27, pasaron cinco horas del fin del partido contra Países Bajos en el que Argentina clasificó a las semifinales y todavía escucho bocinas y “muchachos ahora nos volvimos a ilusionar”.
Sigo pensando en lo raros que somos y en lo mucho que queremos ser campeones, por todos pero sobre todo por Messi. Pienso en cómo explicarle a alguien que no es de acá, por qué aún los que nos consideramos paracaidistas del fútbol, que preguntamos todo y que no lo seguimos habitualmente, hacemos fuerza todo el tiempo para salir campeones.
Quizás por eso es tan lindo ser argentina y gritar por los pibes de Malvinas mientras un tipo se sube al semáforo de 7 y 50 tomando fernet, porque ninguno entiende toda esa felicidad, pero la siente, y eso es lo más importante, sentirlo.
Las bocinas no paran, porque eso también es fútbol. Que siga siendo, entonces. Que sea fútbol.

