Todo lo amarillo del sol que entra en la blancura de mi casa es lo que necesito temprano a la mañana cuando suena Bowie en el teléfono -o cuando Bowie todavía no sonó- y salgo al balcón porque no le creo a la aplicación del clima. A las seis de la mañana escribo mejor: mucho de lo que está escrito acá vio la hoja en blanco al amanecer. La luminosidad es distinta por esas horas en las que el ruido no es feroz.
El balcón tiene seis baldosas cuadradas y no sé cuántos metros pero son suficientes para respirar un poco de afuera. Es que ese rectángulo con plantas y un sillón es el pedacito de afuera que utilicé tanto cuando no hubo otro, el año en el que estuvimos encerrados en el mundo, que parece haber sido hace muchos pero solo han pasado dos.. “Necesito un balcón” me dice una amiga que alquiló un departamento sin uno y que, cada vez que caminamos por la ciudad me señala balcones lindos. Ahora yo también los miro cuando camino. Me gusta imaginarmelos siendo habitados, pensar quienes son los que salen a ver cómo está el clima o se sientan a mirar el atardecer o ver la lluvia caer.
El balcón es, entonces, principio y fin del día. Algo se gesta allí, y después se pone a dormir. En la tranquila regularidad de mi transcurrir en él, se me ocurre una oración. Tengo una oración, digo. Escribo en el balcón y cuando no, escribo mirando el balcón. Virginia Woolf dice que una mujer tiene que tener una habitaciòn propia para escribir: yo busco, navego, escucho y escribo ahí, en un afuera que también es mío, propio.
Una vez soñé que se derrumbaba, que se caía, cuando estaban cayendo otras cosas en mí -se me caían todas las cosas y no las podía volver a su sitio. El año en el que me dio miedo escribir soñé que el lugar en el que escribo desaparecía. Está acá y lo estoy mirando mientras estas palabras salen furiosas porque al momento de sentarme no tenía muy claro que quería decir, pero me acordè de una frase de Marguerite Duras en “Escribir” que dice algo así como que todo escribe a nuestro alrededor, todo puede escribirse, solo hay que saber percibirlo.

