Las fotos se me revelan. Estuve gran parte del fin de semana ordenándolas, por año, por ciudades, por gente, por paisajes, por colores. Fotos por todos lados, desparramadas todas en el piso del escritorio de mi mamá que estaban en una caja en la que encontré diskettes y unos blocks de notas de octubre del ‘71. Son imágenes que ya ví, escenas que conozco pero ahora les veo otras cosas. Barthes dice que las fotos repiten mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente. A veces se me da por tirarlas al piso y volverlas a ordenar, como contando una historia. Una historia que es y no es mía, una ficción de lo que no puedo nombrar y una búsqueda de gestos, movimientos y charlas que por momentos se me presentan como cuando un pensamiento irrumpe: yo sé lo que hacíamos ese día, me acuerdo de su clima. Después me muevo y voy hacia otra foto y así hasta que es de madrugada y las guardo. Hace unos días escribía sobre los lugares que nos alojan en los momentos difíciles y felices, hacía una descripción con una memoria quirúrgica de pasillos y habitaciones que no voy a pisar más y hoy digo: todo puede desaparecer, quemarse en un incendio pero que queden las fotos. También escribí algo sobre la Patagonia y lo taché por todos lados porque me enojé con el texto.
La ciudad es un caos pero me muevo en un micro vacío. Ordeno fotos, esta vez en la nube mientras pienso en nombres de carpetas y abro el grupo que tengo conmigo en WhatsApp para agregar cosas a la lista del súper y suena Gabo Ferro que dice que irse es volver a volver.

