Hay algo especial en los atardeceres, algo que tiene que ver con la imagen, con lo bello de este mundo. Es un pedazo de cielo que miramos mucho, al que le sacamos fotos. Si deslizo por la galería de mi teléfono hay muchas imágenes del cielo de colores, desde el balcón, desde un auto o desde la calle mientras camino y las luces de la ciudad se mezclan con el día que está dejando de ser.
Un día que deja de ser para convertirse en noche. Lacan se refiere al declinar de la jornada, algo cae allí, y algo nos pasa: cansancio del día, ansiedad porque vivimos en la era de las listas y la calendarización, calma porque es el momento en el que nos sentamos a descansar, paz, miedo, poesía, música. 

El día que termina no es el mismo, nunca, porque como dice Barthes, lo que la fotografía reproduce al infinito únicamente tiene lugar una sola vez: la fotografía repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente. Me gusta esa frase porque aún cuando hay una rutina el día nunca es el mismo y por extensión tampoco lo es el atardecer ni las fotos que le sacamos. Podemos entonces hacer lo mismo todos los días, prender un cigarrillo siempre a la misma hora o escuchar una canción en loop, pero nunca es igual. El cielo rojo se nos presenta, abierto, inmenso para ser guardado en nuestra memoria. 

Para mí el atardecer es una canción de Sui Generis y un gin tonic. Es la hora mágica. Pienso esto hoy y recuerdo «La elegancia del erizo», lectura a la que a veces vuelvo, en la que Muriel Barbery dice algo así como que la vida tiene por momentos mucha desesperación pero también momentos de belleza donde el tiempo ya no es igual: «es como si las notas musicales hicieran una suerte de paréntesis en el tiempo, una suspensión, otro lugar aquí mismo, un siempre en el jamás». 

Eso. El atardecer es el siempre en el jamás. 


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