Me gusta cuando algo deja huella. “El amor después del amor” habla de huellas y fantasmas y todo lo que es la vida de uno mientras vemos cómo se gesta la música de nuestras vidas: Fito, Charly, Spinetta, Cantilo y todos esos monstruos que musicalizaron la felicidad y la tristeza de todos los que nos dejamos cautivar por su poesía.
Los ‘80 con la primavera democrática, el fin del miedo o el comienzo de otro, perder a alguien, encontrar a alguien: Fito y su papá, Fito y sus abuelas, Fito y Fabi, Fito y Cecilia, Fito transitando el horror, Fito solo en una habitación llena de gente y Fito con un montón de voces en su cabeza en una habitación vacía.
Una infancia marcada por la tragedia y una casa que se quedó sin música. Un padre que no da respuestas y de pronto, una llave: un hijo, una llave y un mundo que queda abierto para encauzarse en él y en eso que estaba ahí, heredado e irrefrenable.
Fito, Charly, Spinetta y esas imágenes de archivo que nos vienen en oleadas forman parte de nuestra identidad. Por eso nos emocionan sus caracterizaciones tan acertadas y su música toda tan bella y revolucionaria. Porque es la música de nuestras vidas.
El amor después del amor es un homenaje y un viaje a la juventud de los que escucharon “yo vengo a ofrecer mi corazón” en una radio cuando sonó por primera vez, para los que vibraron con todos esos músicos atravesados por la sociedad y la historia sin olvidar sus raíces. Y es también, por qué no, una oportunidad para que todos los que fuimos criados con ese universo musical constituido, hecho historia, carne, conozcamos un poco más acerca de la historia de ese rock que nos sigue salvando.

