Hace un tiempo le doy vueltas a la idea de escribir sobre los finales y los comienzos, pero no puedo irme del lugar en el que estoy ahora: todo eso, finales y comienzos están sucediendo y mientras las cosas suceden es difícil comprender su impacto.
A veces no puedo moverme con eso que se mueve, tardo un poco más, porque irse de un trabajo, en este caso, es un poco irse de uno, de eso que estaba ahí, hecho costumbre, carne. Y por más que tenía que terminar, que el final estaba escrito hacía tiempo, me fui llorando. Yo lloro, me aferro.
Desembarqué en otro lado y todo es nuevo y distinto y me pierdo entre los colores y la gente que pasa por ahí y todo eso que todavía no es mío. Quiero absorberlo todo, saber donde está todo, poder hacer todo. Mientras tomo café y miro la Catedral desde el balcón, Gabo Ferro canta “lo que te da terror te define mejor” y hace años que puedo identificar las cosas que me dan terror. Ahora es distinto, sigue cantando, “volvé, tocá miralo dulcemente esta vez, que hay tanto de él en vos pero hay más de vos en él”. Pienso en un montón de cosas que no van a ser escritas en esta hoja, en todo eso que sucede cuando uno termina de estudiar y todo es distinto, en todo eso que empieza y termina todo el tiempo y en una frase de “El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes” una lectura que sé va a ser de mis favoritas este año, que leí una noche de enero calurosa y sin luz: “y que no tuviera miedo, y que no tuviera miedo, y que no tuviera miedo”.

