La pileta se está filtrando y en el cielo no hay nubes pero lo miro fijo como buscando algo. Todavía no lo sé, pero en un rato, ardida, me voy a arrepentir de haberlo mirado durante tanto tiempo. Me voy al borde de la pileta -siempre al borde- y veo a las hormigas pasar y me pregunto adónde estarán yendo, pienso en “Bichos” de Pixar y después vuelvo a las páginas del libro que están llenos de señaladores de colores que utilizo para marcar cosas que me interesan. Dice Annie Ernaux: “yo leía literatura «de la auténtica» y copiaba frases, versos, que creía que explicaban mi «espíritu», lo inefable de mi vida”. Eso. A veces señalo lo que no puedo decir y a veces lo hago con cosas que me parecen bellas, que sé que no podría haber escrito.
Antes de filtrar, el agua estaba turbia. Quizás yo también. Apago la bomba y meto los pies, y después las piernas y después el cuerpo todo en la inmensidad del agua, y por un ratito somos el agua y yo. Mucho más tarde pasaré el barrefondo -ya sé que se hace al revés- y me acordaré de lo mucho que me gusta esa acción: barrer el fondo. Alejandra Pizarnik escribió “No quiero ir nada más que hasta el fondo” y Olga Orozco le dijo que en el fondo siempre hay un jardín. El fondo de uno nunca es tangible pero hay algo que pasa cuando se entra desordenado al agua: se ordena. Todo se ordena en el agua, aunque sea por un ratito, por eso volvemos todo el tiempo. Terminé un capítulo del libro, me quedé sin señaladores.

