“La madre vive hasta que muere el sol” canta Silvio Rodríguez y hoy está nublado y nos quedamos huérfanos. Se fue Hebe pero no puedo pensarla en pasado porque hay fuegos que no se apagan nunca, y si es verdad que solo el amor consigue encender lo muerto, su llama quedará prendida en todos los que nos consideramos hijos y nietos suyos y de todas las mujeres a las que les debemos la democracia ininterrumpida.
Hebe es irreverente, es amor, es furia, es abrazo interminable, es lagrima reprimida, comprensión, coraje, revolución, lucha, voz, silencio, razón del equilibrio pero por sobre todo Hebe es faro.
Hace unos años escribí un texto sobre su vida en el que me preguntaba cómo había podido seguir, cómo se podía respirar después de perder dos hijos, y luego de hablar de los años previos al horror, llegaba a la conclusión de que no siguió, ni respiró sino que volvió a nacer y que fueron sus hijos quienes la parieron antes de desaparecer, al mostrarle que se podía aspirar a la justicia social, a la independencia económica y a la soberanía política. Aprendió de sus hijos y de toda una banda de pibes que le coparon la parte de atrás del patio de su casa de Tolosa para pensar en acciones que pudieran dar luz a la importancia de la ecología, para charlar, para mirar la colección de arañas de Raúl, hablar de física con Jorge o jugar con Alejandra.
Ahí, en esas charlas le estaban dejando un legado. Muchos de esos pibes que se instalaron tardes enteras en el patio son los que nos faltan, los que aparecen en la bandera interminable de caras suspendidas en el tiempo todos los 24 de marzo, pero una de ellas es una de mis personas favoritas en el mundo.
Parida por sus hijos, Hebe, madre coraje aprendió que se podía pensar en otra cosa, en otro mundo como decía Galeano, “hay un mundo que quiere ser latiendo en este mundo que es”. Y ella, sin querer, nos parió a todos nosotros. A los que cuando el mundo tira para abajo seguimos su ejemplo, y apelamos a lo político como motor de todo.
En este domingo nublado y triste voy a devolver un ratito mi racionalidad y voy a creer que hay otra cosa, otro lugar en donde son reales los abrazos que nunca le llegaron de este lado.
Con nosotros siempre, los años, las risas, las plazas, los encuentros y reencuentros, las anécdotas, el legado, la casa de las madres y los jueves a las tres y media.
“La madre vive hasta que muere el sol y hay que quemar el cielo si es preciso por vivir”, canta Silvio, asique acá lo quemaremos hasta que sea como lo soñamos, como nos enseñó.
Por lo que me dijiste en esa plaza, por Jorge, por Raúl, por María Elena, por los 30.000. por los abrazos apretados, por Ale y por ese grupito de ecologistas en el fondo del patio que querían un mundo mejor.
Hasta la victoria siempre.

