La casa de la chacra es rosa -pero fue blanca-, tiene aberturas verdes que casi nunca se abren por lo que todas las habitaciones son frías. Desde la galería se pueden ver los árboles altísimos a la vera del río. Al abrir la puerta uno ingresa al living/comedor con sillones, el piano, una mesa enorme y bibliotecas con libros muy viejos. Un pasillo con cuartos con camas y un baño enorme por un lado, después un comedor y un escritorio con más bibliotecas y recortes de diarios. Por último la cocina con cuartito para guardar cosas y un baño al que nadie va. Las ventanas de la cocina dan al lugar de los encuentros: una galería techada con una parrilla y un galpón en el que se guardan los tablones y las sillas. Al costado del galpón, un camino: la casa de lxs cuidadorxs, el criadero de conejos, el gallinero, y la inmensidad toda del valle patagónico. La cosecha, los nogales, el río siempre, las mascotas que se hicieron tierra, y todo lo que queda ahí, una historia de generaciones que un día terminó y no nos dimos cuenta. Fuimos felices en la chacra y también lloramos a lxs que nos empezaron a faltar en las fotos.
La última vez que fui saqué muchas fotos sin saber que no iba a volver, o al menos no como volví siempre. Le saqué fotos a todo y me paré en el medio de la galería de los encuentros y miré queriendo que se me metiera todo ese valle y toda esa historia en la retina para siempre. Me estaba despidiendo del lugar que alojó las alegrías y tristezas de mi familia durante años. Mientras escribo pienso en esa despedida, a esta edad, contemplando el mundo perdido y resucitado gracias al poder de los recuerdos y me recorre el cuerpo una suerte de nostalgia feliz, mientras los beatles cantan que hay lugares que siempre vamos a recordar aunque todo cambie.

