Son las 9:30 del miércoles 27 de octubre de 2010 y la historia de la política argentina acaba de cambiar para siempre. Último momento, una placa roja y la muerte.
Un golpe seco que dejó por un rato en blanco los manuales. Digo por un rato porque después lo blanco se llenó de plaza, porque si hay algo que hacemos los peronistas ante la incertidumbre, el dolor, la felicidad o el miedo es desbordar la plaza.
Entonces hubo dos momentos, el primero fue el de la noticia, un cimbronazo que nos dejó sin aire estampaditos frente a la pantalla sin poder creerlo, y el otro fue el de los abrazos, la espontaneidad de la plaza, una necesidad irrefrenable de estar con otros para despedir al tipo que nos sacó de la crisis, porque Nestor fue un presidente de crisis, pero por sobre todo es al que le debemos el regreso triunfal y orgulloso de la política.
Llegó en 2003 con el 22% de los votos y un ballotage que no fue a un país desinflado y habló en un idioma que no estábamos acostumbrados a escuchar. Dejó de lado esos lugares comunes como que hay que salir con esfuerzo y con trabajo o que vamos todos juntos para adelante, que son el no-lugar de la palabra, para hablarnos: hablarle a su generación, a las nuevas generaciones, a los que tenían hambre, a los que perdieron todo en el corralito, a los que votaban a regañadientes por el menos peor, a las Madres y Abuelas y nos contó lo que quería, lo que se imaginaba para un país que por esos días estaba devastado.
Me pregunto cuánto de ese 22% fue consciente de lo que estaba votando. Si votaron pensando que algo podía cambiar o lo hicieron descreídos, cómo se hacía todo por esa época.
Así fue como Kirchner se convirtió en Nestor, un privilegio de loa cercanía que construyó desde que se bajó del auto el día de su asuncion y un premio a todo eso que eligió defender. “Vengo a proponerles un sueño” fue una declaración de amor y lo que vino después también, porque nos podría haber tocado un presidente que nos ajustara brutalmente para sacarnos de la crisis, pero nos tocó uno que eligió la recuperación económica como política de estado. Así comprendimos que las escenas privadas de la vida de la gente tenían que ver con las decisiones de sus dirigentes, entonces la gente pudo volver a llevar un plato de comida a la casa, ir a la escuela con la panza llena, trabajar, estudiar. Esas escenas en las que el pueblo es feliz dependen de un líder pero también de la transferencia que ese pueblo tiene con él: la reciprocidad entre el liderazgo y los sectores representados.
Formó parte de una generación diezmada y guardó durante años los sueños de sus compañeros, que eran los suyos y luego fueron nuestros y se hicieron carne. Néstor vino a pedir perdón de parte del Estado nacional por haber callado durante años las atrocidades de la dictadura. Su voluntad política de bajar los cuadros de los asesinos sentó un precedente en la lucha contra el olvido de los crímenes de lesa humanidad cometidos en las dictaduras de esta América Latina con las venas abiertas, porque en ese acto se hizo evidente que él hacía cosas que nadie antes había hecho y no porque era imposible sino porque faltaba estrategia y comprensión histórica.
Néstor nos abrió la puerta a la discusión política, nos convocó a creer y vivir de acuerdo a eso y también nos animó a desilusionarnos, porque la política es un poco así, uno se desilusiona pero después vuelve a creer.
El 28 de octubre las ciudades amanecieron empapeladas de afiches que decían “Por siempre Néstor, fuerza Cristina”, un rato después la capilla ardiente se hizo pueblo y Néstor fue para siempre.

